Piensos del Autor

Lejos de Dios, y cerca del impuesto a herencias

No quiero normalizar lo que hace nuestra Suprema Corte, ni meterla al cajón de desgracias que tenemos los mexicanos, donde ponemos calamidades a las que ya nos resignamos e inclusive vemos con humor.

Por eso hay que seguir poniendo el dedo en la llaga: hace unos días la ministra Batres se aventó el tiro de lanzar una propuesta puramente política y populista: gravar las herencias en México.

Lo verdaderamente triste no es solo la propuesta en sí, sino el contexto: la ministra metió la idea con calzador en medio de una discusión estrictamente técnica sobre si los beneficiarios de una Afore deben pagar ISR al recibir los recursos de un trabajador fallecido. La postura fue tan desorbitada que su mismísima jefa máxima, la presidenta Sheinbaum, la demeritó de manera inmediata: “Yo no estoy de acuerdo, no abriría ese debate”.

Este triste episodio nos deja ver lo lejos que estamos de tener una Corte ideal. Un tribunal constitucional de altura no debería ser una tribuna de ocurrencias políticas ni de activismo fiscal. Su verdadera función es resolver disputas con una profundidad dogmática y un rigor técnico que nos vuele la cabeza. El derecho no es un fin en sí mismo, es una vil herramienta para que vivamos mejor como sociedad. Pero para usar una herramienta compleja, hay que saber leer el instructivo.

El contraste es doloroso si volteamos a ver cómo se debate y se resuelve en sistemas donde impera el pudor técnico (o que al menos “funcionan”). Acabo de terminar “Strikingly Similar”, una obra escrita por Roger Kreuz que, analizando el plagio y la apropiación intelectual, narra casos sumamente interesantes: desde la angustia de Paul McCartney temiendo haber copiado inconscientemente la melodía de Yesterday, el escándalo político de Joe Biden al apropiarse de las palabras de un líder laborista británico, el penoso discurso de Melania Trump calcado del de Michelle Obama, hasta la disputa de J.K. Rowling por el léxico no autorizado de Harry Potter.

A partir de estos incidentes, el libro profundiza en resoluciones de una brillantez técnica espectacular. Como la finísima disección que hicieron los tribunales estadounidenses en el caso de George Harrison y su éxito My Sweet Lord, donde se analizó y aplicó con precisión científica la doctrina de la criptomnesia o “copiado inconsciente”. O en la sofisticada resolución del litigio de derechos de autor contra Dan Brown por El Código Da Vinci, donde los jueces analizaron con maestría la sutil línea entre la coincidencia temática de fuentes comunes y el plagio real. Eso es dogmática de verdad, no política de asamblea.

Lo ideal sería que los tribunales entendieran el fin axiológico de la norma. Pero en este país muchos jueces están lejos de eso. A veces, hasta es un lujo que el juez aplique la letra de la ley, tomando en cuenta que el verdadero jefe máximo al criticar a la (ya) antigua suprema corte en el 2022, dijo sin pudor alguno: “y no me vengan con el cuento de que la ley es la ley”.

¿Qué dijiste campeón? ¿Que si ante este panorama de ocurrencias ya no vale la pena planear patrimonios ni sofisticar contratos?

Al contrario. Hoy más que nunca, la primera regla de supervivencia es la prevención. Tu sastre legal de confianza debe confeccionar un blindaje preventivo tan robusto que evite a toda costa, que tengas que pisar un tribunal. En el México de hoy, el mejor juicio es el que no se tiene.

Pero seamos realistas: a veces la tempestad nos alcanza y el litigio es inevitable. Nos guste o no, esos juzgadores de comedia involuntaria y (en el mejor de los casos) literalidad ramplona son los que están resolviendo muchas disputas en este país. Ignorarlos o menospreciarlos sería un error estratégico mortal. Tenemos que seguirlos muy de cerca y entender exactamente cómo están pensando.

A finales del siglo XIX, el juez de la Suprema Corte estadounidense Oliver Wendell Holmes Jr., dejó una clara verdad: «Las profecías de lo que los tribunales harán en concreto, y nada más pretencioso, es lo que yo entiendo por derecho». O lo que es lo mismo: El derecho es saber qué va a decidir el juez.

Hoy en México, hacer esa “profecía legal” se ha convertido en un deporte de altísimo riesgo. Si las cartas están marcadas, es nuestra obligación conocer al croupier

Tan tan

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